sábado, 10 de octubre de 2009

Y sin embargo

Siempre hubo algo de la figura de Beckett, y de su obra, que produjeron en mí una muy fuerte identificación. Si tuviese que precisar algunos de esos instantes en los que su nombre me atravesó y constituyó fue cuando siendo muy chico, y gracias a una salida con la escuela, fuimos al teatro San Martín a ver Esperando a Godot. Año 82. Una puesta en escena de Hugo Urquijo. No tengo muchos recuerdos sobre lo que ví ni sobre el elenco. Sólo sé que ese día pensé que "teatro" era eso que había visto. Después me dí cuenta que había otros teatros. Pero yo, en lo personal, nunca más pude salir de ahí. También recuerdo perfectamente el momento de la muerte de Beckett. Recuerdo fotos de él en el diario La Nación que hicieron que también me identificara con él, por más tortuosa que haya sido en mí esa identificación. Porque siempre que publican una foto de él, usan imágenes que expresan sufrimiento, dolor. Y a mí no me gustaba asociarme con una figura tan tortuosa en términos tan personales, porque era como obligarme a tener que encarnar el dolor del mundo. Pero cierto día apareció en mí una foto, otra foto de Beckett, en la que está sonriendo, y con una sonrisa plena, honesta. Y ese día cambió incluso mi modo de leer y de pensar su obra, porque sentí que esa sonrisa tenía que estar presente en su obra, que un hombre con esa sonrisa no podía ver sólo el desencanto. Y siempre me pregunté por qué a la industria cultural le gusta publicar las otras, la de las arrugas y las manos huesudas. Y creo que tiene mucho que ver con alimentar el mito Beckett, que él también se encargó de construir. Hay relatos que colaboran con el mito: haber confesado que después de 1950 no leyó nada más, como forma displicente de vincularse con el mundo de la cultura de su tiempo, o los permanentes comentarios negativos sobre su propia obra, en tanto obra inacabada. Pero yo insisto ahora en el hecho de que en realidad su obra también sonríe. Está regida y atravesada por un impulso de vitalidad que encuentra problemas para realizarse, es verdad, pero que recién allí es donde aparece el sufrimiento. Como imposibilidad, no como punto de partida. ¿La que prefiero? Final de partida. La dificultad del hijo para irse de casa y salir del dominio del padre... Otra línea que siempre me impactó es la continuidad de su obra. Hay un plan de autor que parece haberse iniciado con las primeras obras, y haber seguido con la continuidad de esos mismos planteos pero llevados cada vez más al extremo. En realidad parecería como si hubiera dejado algunos problemas en unas, para luego continuarlos en las otras. Y este modelo beckettiano de escritura, de una obra que progresa y reflexiona sobre los propios medios creativos es lo que se convirtió, muy fuertemente en mí, en modelo. Y si tuviese que decir cuál es elemento de su obra que más me atrae, que más me seduce, diría que es el carácter concreto que parecen tener. Siempre está planteando problemas prácticamente físicos. Su obra es aquello que uno ve, y no "discursos sobre", y esto hace que uno se enamore de la obra. No tratan sobre algo, son ese algo. Esto ocurre con la memoria; Beckett no hace discursos sobre la memoria, pone en escena el mecanismo del recuerdo. Trabaja con el lenguaje, intenta nombrar sabiendo de antemano sobre su imposibilidad y sin embargo... La obra es ese intento. Su obra es un "sin embargo", un "todavía". Parece estar hablando sobre el desencanto cuando en realidad es lo contrario. Aunque sepa que no podrá, lo intenta. Pura vitalidad, como sus personajes, ahí arrojados pero ahora, pero aún. La espera beckettiana es la posibilidad de hallar un tiempo en el que algo de ese no poder, sea posible. Y cuando se ve al mundo y la existencia de ese modo, es imposible no sonreír.

Reportaje de Federico Irazábal para la Revista TEATRO nº 101. Complejo Teatral de Buenos Aires.