lunes, 20 de abril de 2009

El Rojas festeja 25

Exactamente en marzo del noventa y cuatro estaba preparando Un trágico (versión desviada de Un trágico a pesar suyo, de Chejov) para estrenar en el Rojas, y cada vez que llegábamos a ensayar, me encontraba instalado algún curso en la sala… Lo cierto es que siempre fue difícil encontrar espacios, en todas partes. Se trataba de mi primera puesta, y era también mi primera experiencia con una institución (había cursado Artes, pero el Rojas no era para nada la UBA), así que tuve que improvisar. Los actores y yo terminamos ensayando al lado o alrededor de alguna clase de lo que fuese. El Rojas tiene (a su favor) paredes de papel, además del desorden de una sociedad de fomento. El docente podía hablar fuerte, los alumnos moverse todo el tiempo con sus sillas, desde la biblioteca podían armar escándalo: no nos importaba. Los dejábamos hablar y nos poníamos a actuar como verdaderos sordos. Un par de encuentros más tarde, los actores dejaron de atender a mis premisas y empezaron a prestar más atención a las clases… También, una estudiante se quiso pasar a nuestra obra. En fin, Un trágico terminó por montarse en función de los datos extraños que entonces nos llegaban… Me quedé con la impresión de que no aprenderían mucho en aquellos cursos, al menos sobre la materia que pretendían estudiar. Sin embargo, inesperadamente, me parecieron cursos muy buenos. Volví a ensayar nuevas obras y siempre fue igual, ensayar: como salir a pasear, sorteando cosas que pasan, que extrañamente intervienen en uno. En mayo de aquel año, durante una función de Un trágico, un espectador subió al escenario y se quedó sentado en el borde, mirando a la platea… Los actores no sabían qué hacer y yo tampoco. El espectador se limitó a permanecer ahí, y no hubo interrupción alguna. Sólo corrió peligro nuestro teatro, pero la función salió mucho mejor.

Texto para plasmar en el libro aniversario.

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